sábado, 19 de julio de 2014

Cronopios, famas, esperanzas: locura

Cortázar disfrazado de vampiro con G. M.  por S. Facio
Hace 20 años mi padre vino con un Página 12 bajo el brazo y un libro en el otro. Trajo a casa Historias de Cronopios y de Famas. Yo tendría ocho años, el libro 32. Fue el primero que leí de Julio. Pasó mucho tiempo y leo sobre un concurso de relatos acerca del escritor. Habiéndolo estudiado hay que escribir algo alusivo. Se me ocurre confirmar mi hipótesis sobre las estructuras mentales y los personajes de Cortázar.

Sábado 19 de Julio. 2014. Mediodía. Releo las Historias, para no confundirme. Me vuelvo a reconocer cronopio, con la misma insatisfacción con la que descubrí mi eneatipo de personalidad. Soy aficionada a la psicología. No me licencié en tal disciplina, ni creo hacerlo, pero me encanta todo lo concerniente. Termino los textos cortos de Cortázar.

¿Por qué Julio Cortázar, el amado escritor de las erres arrastradas que murió de sida por una transfusión contaminada, había tenido tan buen tino con sus historias? Porque sus queribles personajes coinciden con los tipos humanos. ¿Es nuevo esto en la literatura? No. ¿Es de ayuda conocer los tipos de personalidad para la vida o para escribir guiones? Sí.

Vuelvo a definir mi disparate de mediodía de fin de semana: Yo creo que los famas son los psicópatas. Los esperanzas son los psicóticos y los cronopios son los neuróticos. Por eso la mayoría “afortunada” se considera cronopio. A grandes rasgos, que confirmo en mi relectura, digo que los famas son narcisistas, desapegados, utilitaristas y prácticos. Priorizan la acción, a los rodeos. Los cronopios son sensibles, dubitativos y erráticos. Amorosos y solidarios, sin caer en la beneficencia por principio, son seres empáticos y muy pensativos. Les cuesta pasar a la acción y sufren por demás. Las esperanzas son torpes. Precisan ayuda. Son dependientes o pasan abstraídas en su delirio. Cronopios y Famas se complementan y encantan. Cada tipo colabora con el otro con su forma de ser y producen el mundo. Esa es, a bruto trazo, mi hipótesis sobre las estructuras mentales y los tipos de Cortázar.







jueves, 17 de julio de 2014

Final mundial en el Padelai

video

El acuerdo era encontrarnos en un centro cultural de San Telmo en el que pasarían la final en pantalla gigante. “Elegí bien con quiénes pasarla hoy, lo recordarás toda tu vida” aconsejaban en las redes sociales. Se me hacía tarde. Temía dejaran de pasar colectivos, pero como precisaba uno que bajara por Av. Belgrano imaginaba que a lo peor caminaría por la calle de los muebles ad infinitum. Nunca consigo apurarme. Ni con la final de un mundial de fútbol. Estaríamos todos menos cuarto en el lugar. Tenemos familia pero somos treintañeros semiprofesionales que vivimos solos. Una final entre amigos en un lugar público no está nada mal. Maquillándome en el monoambiente donde vivo tuitié molesta sobre el ruido de los bocinazos. La sobreexcitación general comenzaba a enervarme tímidamente hasta contagiarme por cansancio. Fui la última en bajar del dos que cortó una 9 de julio ya con las primeras congregaciones populares de celeste, blanco y vuvuzelas.

Llegué a Ay Carmela. Un par de españoles se comentaban sobre el corte de luz y las “elecciones”. No entendí ni googleé nada al respecto. Capaz en el país que abdicó con un 0 - 2 frente a Chile alguien atendía a otra cosa que no fuera el mundial. Ni idea. La cuestión es que se había cortado la luz y mis amigos no estaban. Me wasapearon: “tamos en el padelai, justo frente a la dire, hay pantalla grande pero un par de personajes, no se asusten”. Sería una medida momentánea. Le compré un vaso de vino y un par de empanadas a la gallega que quedó bancando los trapos en medio del corte y crucé.

Antes de llegar a destino, luego de bajar del dos, había pasado por Defensa. Pensé en tuitear: “tengo el humor de los marginales. Los hippies de San Telmo ocupan las calles como si nada”. No lo hice. Mis pocos seguidores no lo lamentarían, esos rotos sólo me interpelaban a mí. Al llegar al Padelai, el edificio que fuera históricamente tomado por el pobrerío del barrio, la lírica de los márgenes doblaría la apuesta: en el centro la pantalla, ningún impedimento al pasar, sólo una muchedumbre arengando frente a la proyección de la final Argentina – Alemania 2014.

domingo, 22 de junio de 2014

Neofeminismo, porno soft y mujeres fálicas


     Había una vez un grupo de amigos muy chido. Kenny era el mayor. Usaba zapatillas deportivas y medias verde flúo. Siempre hacía lo que decía el capitán Gap, pero dándole su toque intelectual, formado por horas de lectura de revistas de divulgación científica. Al capitán Gap lo llamaban así por su afición al mar y porque solía vestir ropa estadounidense que su madre le compraba por Internet.  Gap comandaba todas las tropelías. El resto eran Cody, Tito, Mr. Soquete y León.

     Un día hicieron buenas migas con unas chicas. Lucy y Samantha. L&S eran chicas malas. Las demás nenas de la clase las llamaban: “las varoneras”. L&S no eran las típicas chiquillas a las que sus mamis vestían de rosa. Lucy y Samantha iban despeinadas, se ensuciaban a la par y se animaban a comer toda clase de asquerosidades.

     Pasó el tiempo y todos se hicieron adultos. La mayoría fueron a la Universidad y abrazaron diferentes causas. Cody y Tito se casaron con algunas de las chicas de rosa. León todavía noviaba con una pero no se animaba a dar el gran salto. Mr. Soquete sobresalía por su humor ácido pero tardíamente consiguió una compañera porque era el más feo del grupo.

     Gap se casó, tempranamente, con la chica más adinerada de todas. Tenía estancias y caballos y quintas y chalets. Y viajes y automóviles y familia y propiedades. Gap fue el primero en convertirse en padre pero su amistad era más fuerte y además de ser el varón cómodo de la casa supo continuar su pasión junto a Kenny.

     Kenny se había convertido en periodista. Gap, era escritor. Juntos escribían sobre jazz, béisbol, los Kennedy, Kim Kardashian y Rihanna. No le hacían asco a nada. Como Lucy y Samantha.

     Lucy y Samantha estaban algo alejadas entre sí, pero ambas habían seguido similares derroteros: sexo, drogas, rock and roll. Más folk, neohippismo, power black y Malcom x. Lucy se había doctorado en filosofía antigua y, como Samantha, Kenny y Gap, trabajaba en el ámbito de la cultura. Samantha, había profesado cultos milenarios y había hecho sus viajes iniciáticos por Indonesia e India pero ya había vuelto a recalar en sus originales puertos y se había especializado en periodismo sobre series televisivas y nuevas tecnologías.

     Una noche, Gap y Kenny volvían borrachos pensando en qué excusa dirían a sus mujeres. Habían gastado todas. De igual manera sabían que la mañana traería el desayuno, el diario y los hot cakes y todo volvería a la normalidad. Kenny era soltero aún pero tenía a su chica, una hermosa neurótica perdida de ojos verdes y pelo tinturado, adicta a las redes sociales y fóbica en lugares públicos.

     “Claudia es el amor de mi vida. Me enamora todo de ella. Su parsimonia en las tareas. Su lucidez al hablar. Su perfil griego con tanta alcurnia”, se repetía Gap mientras Kenny se rascaba el mentón.

     De repente aparecieron, ahí nomás, en plena calle plagada de hojas mojadas y residuos nocturnos Lucy y Samantha.
    
     Lucy estaba blanca y le chorreaba el pelo, parecía que más que una lluvia había recibido un baldazo de agua y así había sido.

-¡Amigos! ¡Ayúdenme! ¡Tengo que despertarla! Camina pero no habla.

     Los muchachos acudieron al pedido. Tomaron a Lucy y terminaron los cuatro en un estacionamiento, subiéndola al auto de Claudia. El que usaba Gap.   

     En media hora ya estaban los cuatro en la ruta cantando canciones ochentosas. “Oh, baby! Yo te dije que ese no era el camino, el camino era la música! Rockearla, Oh, sí!” Se autoconvencían los cuatro.

     La cuestión es que ninguno había tomado el camino de la música y los cuatro miraban para afuera con nostalgia y disconformidad.

     Gap pensaba que debía escribir ese artículo sobre minitas opinando de fútbol y Kenny pensaba que debía llenar la web de tetas. Todo tetas y culos y rubias plásticas, “Oh, sí”.

     En eso se trenzaron a discutir sobre mujeres. Lucy y Samantha seguían radicales.

     “Yo creo que hay mujeres que son muy boludas y no le hacen bien al feminismo”, decía Samantha. Lucy asentía y opinaba que “hay muchas minas a las que les encanta ponerse en bolas y lo hacen de manera artística. Transmiten algo. Usan su cuerpo como plataforma de inscripción de mensajes rebeldes. ¿No vieron esa tal, Poronga o muerte? ¡Esa, la que se hace body painting del Che Guevara! ¡Es re rebelde esa mina! ¡Eso es transgresor!”.

     Gap, Kenny, Lucy y Samantha estaban de acuerdo. Había algo del feminismo que no les cerraba y había que salir a decirlo y viralizar las redes sociales.

     Entonces los cuatro se pusieron a pensar materiales y a la semana ya se estaban regocijando con los efectos de sus notas súper cool, que tenían algo de neofeminismo pero no sabían bien qué.

     Lucy y Samantha gozaban. Algo de sí mismas volvía a embarrarse. En algún lugar de sus almas, volvían a ser “las varoneras” y se sentían cada vez más cerca de sus amigos. Como en aquellos primeros chupones que luego cada uno oficializó con otras “minitas” del montón.

     ¿Qué les faltaba a Lucy y Samantha? ¿Por qué Gap y Kenny no las habían elegido para compartir sus días y sus casas? ¡Si Lucy y Samantha eran más cancheras! ¡Más copadas! ¡Vestían mejor! ¡Pensaban más! y ¡Estaban mejor! que las mujeres oficiales de Gap y Kenny.

     ¿Por qué Kenny llenaba sus artículos de tetas? ¿Tenía Kenny un problema con su madre? ¿Había sido maltratado de niño? No había respuestas certeras sobre tamañas preguntas en las cabezas de las chicas. Lo cierto es que ahora los cuatro eran un grupo monolítico ante el mundo y venían a decir verdades.

     Venían a decir que algo en el feminismo actual estaba mal y que había que condenarlo para fagocitar luchas históricas que “eran al pedo”, porque “no cambiaban nada” y “no iban al meollo de la cuestión”.

     Al mes de las publicaciones en la poderosa web Lucy estaba posando desnuda para Playboy tras un titular que decía: “La droga es mi arma para defenderme de cualquier patriarcado”. Samantha era más sutil, siempre había sido algo menos audaz que Lucy, y se drogaba a solas llorando su amor imposible por Gap.

     La fama les tocó durante unos meses belicosos en twitter en los que tuvieron que defender como leonas su neofeminismo de la rapaz insistencia de chicas que puteaban porque eran muy sensibles. Minitas bobas que no podían entender que ocurrieran femicidios y que Lucy y Samantha ocuparan su tiempo hablando de tetas, culos, y porno soft.

¿Contra quiénes peleaban Lucy y Samantha?
     
     Samantha respondía aguerrida en sus twits: “Yo me hice un aborto y le saqué una foto. Sé lo que es.” No había habido mucha repercusión de lo del aborto de Samantha. Después de todo, ella era responsable de su sexo, sus drogas y su rock and roll. Era una mina muy fuerte. Muy fálica. Se la re bancaba.


PRENSADO



Garúaba fino en Buenos Aires. Los adoquines parecían pincelados con barniz. Llegó a su departamento. Soltó las llaves sobre la cama, como quien suelta algo que odia y prendió la notebook. La sed por conectarse se acrecentaba como el hollín de las tostadas. Se batió una taza de café salteada con leche y se puso a escribir. Aparecían números en su pestaña de facebook pero procuró no distraerse. La puta de su historia merecía atención.

Semanas atrás la había descripto con detalles certeros. Era pobre. Villera. Se desteñía el pelo como la de la canción de Horacio Guaraní. Tenía unos toques posmodernos que la hacían distinta. Había llegado a la universidad porque su padre, ahora preso, le había aconsejado que fuera “alguien”. Pero no le había dejado bienes y no le quedó otra que putanear. Su primer cliente había sido un peluquero al que no le pagó el alisado. Bah, se lo pagó en especie. Sobre el sillón lavatorio había debutado laboralmente. El peluquero la contactó luego con una chica de la noche. Él solía ponerle extensiones a varias. Sólo le faltaba un buen par de tetas. Tendría que ahorrar u ocupar el nicho de las pequeñas lolas dulces. Un físico casi adolescente. Podría ser.

Para colmo de convites, Melchor tocó a la puerta.

-No te dije que no vinieras, guacho?
-Abrime. Tenía que venir. Pasame la mitad del prensado. Me corresponde.

-Ves que sos un boludo importante? Te tiro las llaves. Subí.

Sacó del freezer lo que le quedaba. Cortó un pedazo y dejó un cachito. Saludó Melchor:
-Capo. Cómo va?
-Acá. Re ocupado. Tengo un montón de cosas de la militancia que resolver y estoy escribiendo un cuento para un concurso. Van a hacer una antología de poetas progresistas.

-Me imagino. Venís hoy a lo de Gaspar?
-No creo. Extráñenme.
-Okay.

Mientras Diego juntaba las piezas de porro que quedaban sobre la mesada de la cocina, Melchor se le acercó por atrás.

-Qué hacés boludo? Salí.

Melchor lo dio vuelta, le abrió la bragueta como si fuera la propia y le empezó a chupar la pija.

Diego no hizo más que acabar.

-Dale, pelotudo. Sos boludo, vos, eh.
Le agarró los huevos a Melchor sobre el pantalón. Apretó sólo un poco y el negro se entró a reir.

Se dieron unos besos mientras fumaron un faso que Diego se dejó prendido en el cenicero, mientras lo acompañaba al ascensor.

-Dale, pendejo. Sos difícil, eh.

Melchor se peinó el Jopo frente al espejo del ascensor y salió rápido. El portero baldeaba en su turno tarde.

Diego siguió escribiendo sobre su puta pobre.







viernes, 9 de mayo de 2014

Una forma de vida, de Nothomb.


La estafa es una tarea conllevada por un prestidigitador de las circunstancias. Quien comete el acto de estafar, consciente o inconscientemente busca un efecto. El suyo puede ser un grito de auxilio, un llamado de atención o la búsqueda de infligir un dolor en otro. El otro es, sencillamente, alguien que del otro lado de su plan se dispone al ardid del estafador. ¿Qué sucede entre dos que en un encuentro epistolar de varios meses logran conmoverse mutuamente? ¿Qué pasa si le emoción es movida por mentiras? ¿Quién miente y quién se deja mentir? La obesidad y la guerra son dos horrores actuales. Dos prisiones. Una cuerpo adentro y otra cuerpo afuera que masacra otros cuerpos, obedeciendo a la cárcel del deber o la necesidad. 
Amelie Nothomb se permite ser ¿víctima? del embauco de un muchacho cuyas aspiraciones no son claras pero sí humanas. Sin ofenderse, aprovecha la dilatada situación hasta encontrarse con preguntas propias. Ella se apiada de su estafador al hacerlo consigo: “si escribes cada día de tu vida como si estuvieras poseída es porque necesitas una salida de emergencia. Ser escritora significa buscar desesperadamente la puerta de salida.” El soldado yankee que le escribe desde Bagdad en Una forma de vida es la ficción de un autor que, sin duda, se encuentra en la encrucijada de asumir, revelar o negar el por qué de su forma de vivir. En esa responsabilidad radicaría el móvil de su estafa.
Una forma de vida, editada en 2012 por Anagrama: 150 páginas de caracteres grandes que bien pueden leerse en un viaje de mediana distancia. El ingreso a la intimidad de una escritora que suele convidarla en sus diversas entregas autobiográficas. Un camino corto e interesante hacia algunas preguntas válidas.

miércoles, 23 de abril de 2014

PIROPOS


“No aspires a disfrutar porque tu placer te destruirá. No aspires a enamorarte porque no mereces que nadie se enamore de ti: los que te amarían te amarían por tu apariencia, nunca por lo que eres. No esperes que la vida te dé algo, porque cada año que pase te quitará algo. Ni siquiera aspires a una cosa tan sencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienes ningún motivo para estar tranquila”.


AmelieNothomb, en Estupor y temblores.

Para mí el problema del piropo está mal ubicado. Yo no respondo piropos. Para mí son ruido. Para mí la esfera de la calle es la esfera de los cuerpos, los edificios y las trayectorias. En general, el lumpen que lanza una guasada no tiene siquiera registro de las leyes y noticias que puedan existir al respecto. Legislar eso, o problematizarlo demasiado, me genera una idea de efectividad similar a los viejos carteles que indicaban “prohibido salivar”. No es que sea una cuestión de clase. Pero el poder no suele caminar la calle. El poder va en auto o en avión y contrata putas vip si su sed lo requiere. Y el problema es que haya putas vip disponibles. El problema es que hay mujeres que no ven opción para desarrollarse más allá de los límites de sus orificios. Ahí hay una debilidad. Cómo nos enseñamos nosotras mismas acerca del valor y la capacidad. Cómo nos señala o no la sociedad acerca de nuestra potencia. Cuánto nos pagan por hacer lo que hacemos. Qué trabajos podemos elegir. A qué matiz de subalternidad pertenece la trabajadora sexual.

La calle es el terreno del débil, del dominado. Un terreno al que el fuerte sólo va con fines proselitistas. Que sea vox pópuli que un juez o un catedrático contraten prostitución o que el dueño de una corporación pueda suministrarse un edén pasolinesco, con niños, mujeres y hombres en concreta disociación con su mundo legal y ciudadano me parece más peligroso.

El piropo caricaturiza una fortaleza que no es tal. Invade y goza, si perturba. Es un recurso del incapaz. El vulgar. El que no la pone o la pone mal. La calle indica que son muchos los que tienen problemas sexuales, pero yo no creo que a un perverso se lo arregle con un manual de disciplina.

El mundo nos agrede? El mundo es hostil? El mundo nos daña? Estoy de acuerdo y creo que las mujeres somos víctimas históricas de múltiples opresiones. Pero qué vuelta le damos al asunto para dejar de lado la reactividad? Yo creo que los malos de la película van a seguir existiendo, como el capitalismo. Ahora: Qué hacemos para ser fuertes? Cómo producimos pese a los piropos? Cómo hacemos que las tácticas de escape y resistencia pasen de ser individuales y desesperadas a colectivas y organizadas? Es necesario y mejor? Cómo trazamos la gramática de nuestra propia liberación? Para qué nos sirven los problemas que nos estamos planteando?

domingo, 20 de abril de 2014

UN RAPTO DE LUCIDEZ


     Tuve un rapto de lucidez que acabo de olvidar pero voy a tratar de reproducir. Estaba en mi clase de Inglés. Vengo cargada porque ayer me leí Tus zonas erróneas y hoy “Lacan para principiantes”. Todo eso pudo haber ayudado. La cuestión es que terminé una relación de pareja y me mudé. Ambas en marzo. Aunque los procesos ya habían arrancado meses antes, en los dos casos.

     Como el curso es intensivo y en una clase vemos varios tiempos y pasamos de página, la profesora va rápido. Es una mina muy locuaz y nos despierta. Ella dijo: “Bueno, ahora veamos esa cosa fea, que hay que borrar, el pasado.”  A todos dio gracia pero a mí me quedó rebotando y miré el PAST del pizarrón con fervor mental.